Mi vida depende de aquel verano

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Porque fue el verano en el que lo conocí o, para ser exactos, en el que reconocí que estaba enamorada de él. Eso que me pasaba, que me turbaba, que me sacudía y consumía. Pasaba del calor al frío si no me miraba.

Traté de no dar mucha credibilidad a las emociones estivales. Tenía que ser una locura transitoria, ¿cómo es posible enamorarse de la noche a la mañana? El invierno, él tendrá la respuesta y romperá este hechizo. Pero el invierno llegó, no enfrió los sentimientos, y seguí bordeando la locura de los que aman sin ser correspondidos.

Llegaron otros veranos y esa llama seguía intacta, pero ya no era un conato que solo me quemaba a mí. Comenzó a propagarse de persona a persona, y por eso mi vida depende de aquel verano. Mis hijos, mi hogar, mis sueños los he construido sobre esas raíces que surgieron de tierra seca, unas raíces que nos sostienen desde entonces.

Cuidado con los amores de verano, pueden durar toda la vida.

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Recuerdos de un niño en guerra

Me llamo Miguel García, y mi padre se llamaba Antonio Miguel García. Vivíamos en Toledo. Ahora tengo doce años, pero recuerdo muy bien lo que pasó hace cuatro veranos, cuando empezó una guerra en mi país y yo vivía con mi madre en un hogar católico para madres solteras. Muchos sacerdotes decían estar asustados, había hombres malos quemando iglesias. Era 1936 y yo ya no tenía padre. Había muerto dos años antes por “cosas de la vida”, como me explicaron.

Mi madre decía que al no tener papá teníamos que confiarnos a la suerte de otros hombres: “No puedo defenderte de una guerra”. Quizá por eso, justo cuando el verano comenzaba, me llevó hasta un gran castillo que había cerca de la plaza de Zocodover. “Nadie podrá con el Alcázar de Toledo”, me repetía. Y todas las madres con sus hijos fuimos hacia allí porque eran católicas, y “allí era donde había que estar”.

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En este sitio nos acogieron con alegría, y dijeron que estaríamos a salvo. Había muchos hombres y nosotros teníamos que ir a los sótanos. Allí vivimos muchos días, mamá dice que todo un verano, para mi fue como un largo invierno, aunque un invierno lleno de fuegos. Ni el calor ni lo que caía del cielo conseguía calentar mi cuerpo lleno de un miedo helado. “Cada vez más rodeados”, escuchaba decir, “cada vez hay más hombres ahí afuera”. Ruidos enormes y secos. “¡Fuego aéreo!”, y el olor a gasolina se colaba hasta el sótano día tras día. Miraba y miraba esos muros, y hablaba con ellos, les decía “resistid”, aunque ni siquiera sabía si los hombres de afuera eran más malos que los de dentro.

No podíamos estar en el patio porque caían fuegos. A veces pensaba que era el sol el que los mandaba, y corríamos de un lado a otro por dentro, tan rápido, que a veces imaginaba que era un juego, pero veía la cara de mi madre y se me olvidaba.

Muchos días, de repente, dejaba de ver a alguien que ya me era familiar. Ya no estaba. Nadie nos decía nada, pero un hombre al que llamaban San Diego cavaba hoyos en la tierra y metía en ellos grandes paquetes cubiertos de ropas (creo que eran esos a los que ya no veía).

Me costaba mucho poder dormir. Lo hacía en un colchón de esparto con mi madre. Otros niños tenían a sus padres luchando arriba y estaban más asustados que yo. Yo solo temía por mi madre, y también por mí, porque me daba miedo imaginar que se siente cuando se muere uno.

No teníamos casi de nada, o teníamos solo lo justo, pero se repartía de vez en cuando un papel con noticias en el que nos decían que resistiríamos y que tuviéramos esperanza. La carne que comíamos era muy dura, pero mamá decía que al menos comíamos carne. El pan se acabó en los primeros días y lo cambiaron por trigo tostado, aunque lo que más comíamos era arroz. Lo hacíamos una vez al día, y el agua era solo para beber. Mi madre me limpiaba la cara con su vestido, a veces con un poco de su saliva, porque aunque lleváramos semanas sin bañarnos no se podía ir con la cara sucia.

Cuando los hombres bajaban al sótano nos decían que éramos su razón para resistir, y había un guardia civil que siempre hablaba con mamá. A mí no me gustaba que le hablara porque mi madre siempre ponía cara triste.

María se llama mi madre, María Sánchez, y además de cuidarme a mí siempre cuidaba mucho de Blanca, otra mujer que estaba esperando un bebé. Comía menos por ella, comía menos por mí, y la frente se le empezó a arrugar y los ojos se le hundieron. Era muy guapa, pero las guerras afean hasta lo más bello. Su pelo negro, muy largo, siempre estaba recogido, y sus ojos verdes, que eran mis faros, a veces se apagaban y yo me quedaba en la más completa oscuridad. “Abre los ojos mamá”, le rogaba, porque cuando se ponía triste los cerraba.

Los días en el sótano no tenían horas ni minutos. Eran eternidades que yo trataba de rellenar con historias porque, desde pequeño, cuando el padre Marcos me enseñó a escribir y leer, me gustabas mucho. “Léenos un cuento Miguel”, y me lo tenía que inventar porque en el sótano no había. Les contaba siempre cosas alegres, de un niño que tiene un burro muy gordo, o de un perro que habla, y en los relatos no había ruidos ni humo, porque en ellos solo se escuchaban los pájaros, el sonido del río Tajo, y la risa que provocaba alguna caída torpe. Abría las manos como si sostuviera el cuento y fuera leyéndolo punto por punto. “Ojalá… ojalá este sitio estuviera lleno de libros”, pensaba, así podría leer todos los días y hacer que todos abajo olvidemos las bombas de arriba.

Aunque parece que el tiempo corre lento también corre rápido, a su manera, y en agosto, por la noche, comenzó a hacer frío. Cuando llegó septiembre todo fue mucho peor. Los hombres de afuera se habían cansado de que estuviéramos dentro, y los hombres de dentro decían que habría que tirar el Alcázar hasta sus cimientos para que saliéramos fuera.

El peor día fue a finales de septiembre. Había un silencio muy raro, algo estaba a punto de pasar, pero mi madre no prestaba atención a ese silencio que a mi me cortaba la respiración porque Blanca estaba jadeando muy fuerte y creo que su niño quería salir. Traté de decirle mentalmente a ese niño que esperara, que algo iba a pasar, algo malo. Entonces una enorme explosión nos hizo saltar a todos. Lo que quedaba en pie tembló y escuchamos una avalancha, como si las paredes se hubieran derretido. Es increíble pero Blanca estaba más preocupada en tener un hijo, y mi madre también, así que pensé que ese niño hizo bien en no escucharme. Nació horas después y fue una niña. Era muy bonita, y estaba misteriosamente gorda, me alegró mucho conocerla.

Cuando nació Esperanza fue el día que más lucharon arriba porque no dejábamos de oír disparos y gritos. El polvo y el humo entraban y salían  y me daba miedo por la niña. Muchas mujeres hablaban de los valerosos héroes que luchaban por nosotros pero otras, a escondidas, decían que si esto fuera realmente seguro el general Moscardó (que era el que mandaba), habría traído a su mujer y a sus hijos. Tenía que quedar poco para el final. Los ruidos eran muchos, San Diego incluso había pedido ayuda para enterrar, y eso que siempre quería hacerlo solo. Al parecer esperábamos a un gran ejército que vendría a salvarnos.  Estaba muy cerca y había que resistir.

Olía a quemado. Decían que la ciudad estaba siendo evacuada y, aunque casi no había para comer, a muchos les preocupaba el tabaco. “Es inhumano estar sin tabaco”, repetían muchos hombres, y yo pensaba qué de humano había en todo esto. Un día, por fin, nos dijeron que podíamos salir, que habíamos resistido y estábamos salvados. No lo podía creer. Los hombres estaban muy contentos, también muchas mujeres, pero yo seguía teniendo miedo. El Alcázar estaba en ruinas y todo lo que cabía en mi vista eran escombros ¿Cómo podíamos haber sobrevivido? Lo único que quedaba en pie era una estatua, uno de los cocineros me dijo que era un rey muy importante para España, quizá por eso nadie haya querido destruirlo.

Se había acabado el verano. También se habían acabado muchas cosas. Mi madre me cogió de la mano y nos fuimos. Gracias a mi tío llegamos hasta Portugal, aunque era muy difícil moverse porque en España la guerra había llegado a todos los pueblos. Escribo esto para que otros niños puedan leerlo y para que alguna vez, en lugar de llover fuegos, puedan llover libros. Mi madre ha vuelto a soltarse el pelo aunque sus ojos verdes siguen hundidos y creo que ya nunca parecerán los brotes de un olivo.

Delfines

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Todos los días soñaba lo mismo. Un inmenso mar en el que nadaba y la luz de un bote en la lejanía. Avanzaba y avanzaba pero nunca llagaba hasta el bote. Cada metro consumía todas sus energías hasta que el fondo del mar la absorbía. Justo entonces abría los ojos y se incorporaba, sudando y jadeando. El sueño podía tener variaciones: más o menos oscuridad en el agua del mar, la presencia de animales rodeándola como tiburones o, a veces, un delfín a su lado, pero siempre era el mismo sueño desde que le dijeron que la beca de investigación era para ella.

Tendría que cambiar de país, hasta de continente, y eso era lo de menos. Lo más importante era que tenía que separarse de su padre. Solo se tenían el uno al otro desde que su madre murió. Su padre era todo lo que tenía, era quien la había apoyado siempre. Trabajaba muy duro para pagar sus estudios, doblando turnos y aceptando cualquier empleo por mísero que fuera el sueldo. Todos le decían que esa chica debería trabajar, que no estaban para gastar el dinero en matrículas de universidad cuando a penas pagaban la luz, pero Roberto ni si quiera escuchaba estas apreciaciones. Paula pensaba que, por un lado, con el dinero de la beca le llegaba para pasar una cantidad a su padre y así hacer que dejara algún trabajo. Hacer posible que viera los partidos de liga el fin de semana. Podría hacer eso por él y también con esa beca podría combatir lo que mató a su madre.

Era una buena noticia pero, ¿por qué el mar? ¿Por qué el bote al que no lograba encaramarse? ¿Por qué nadaba y nadaba cada noche? No aceptar la beca para no dejar a su padre le decepcionaría porque él se había comprometido siempre con sus sueños. Podría ser temporal, podría volver, pero también sabía que las becas de investigación no abundaban en su país.

Cuando su padre llegó a casa y vio el sobre de la universidad de Texas su cara cambió. Paula nunca había visto una luminosidad más fulgurante en su rostro. Su padre habló:

– Te han escrito de la universidad.

-Sí.

-¿Y bien?- Recalcó su padre.

-Me han aceptado el proyecto de investigación-, dijo muy seria Paula.

-¿Y por qué lo dices con ese tono? ¡Es una buena noticia! Paula, no puedes luchar durante años para conseguir algo y asustarte cuando lo logras.

-Pero no te quiero dejar solo. Sé que sobrevivirías, no me malinterpretes, pero somos lo único que tenemos.

-Qué difícil es ser tú Paula, ¿es algo innato a la mujer? Eso de ponérselo difícil…Desde pequeña estudiabas durante horas y con quince años ya me decías que querías investigar y encontrar una cura contra la leucemia. Pero ahora que está a tu alcance das un paso al lado y me pones delante. Qué difícil es tener varios corazones y querer que todos latan en un mismo pecho y un mismo techo –, añadió Roberto cada vez más triste.

-¡Papá! ¡Tú siempre me has puesto por delante! Siempre has trabajado duro por mí, por encima de todo, de ti mismo…sin tu esfuerzo esta carta solo sería un sueño.

-Te he puesto por delante, sí, porque soy tu padre. Tú eres mi hija. No podemos invertir los papeles. Además, si te quedas sólo pensaré en lo que podrías estar logrando lejos de aquí y si te marchas cada día iré a tu cuarto, contemplaré tu cama vacía y sonreiré.

-Sabía que no me lo ibas a poner fácil Roberto -le llamaba por su nombre cuando se enfadaba –, casi hubiera preferido que me pidieras que me quedara.

-No cargaré con tu miedo Paula-. Sentenció Roberto y se fue.

Faltaban dos meses para que Paula se marchara. Durante esas semanas fueron muy felices. Cenaban fuera, daban largos paseos, e incluso eligieron un colchón para su padre, que pagarían a plazos. El día de la despedida Paula estaba muy nerviosa. Pensaba que en el momento de decir adiós a su padre se desvanecería. Roberto la llevó a la terminal con el coche de Casi, el vecino, y llegaron a la zona del control.

-Vuelvo para Navidad. En tres meses estoy aquí.

– Claro Paula.

– Además, ya te he enseñado como funciona Skype. Te llamaré todos los días.

– Vale Paula.

– También quiero ir mandándote paquetes con los productos típicos de allí, hay marcas que son muy baratas en EEUU y en España son caras.

– ¡Vaya! Con tantas cosas que vas a hacer por mí a penas tendrás tiempo de investigar.

– ¡Papá!

Roberto dio una sonora carcajada.

– Qué difícil es ser tú Paula, tan ajena al egoísmo. Vete ya y toma, lee esto en el avión.

Después de fundirse en un abrazo se separaron y pasó el control con ganas de estar ya en el asiento del avión porque no quería leerlo antes. El vuelo se retrasó media hora y tuvo que ingeniárselas para estar entretenida y no pensar en abrir esa tarjeta. Una vez subió, por fin, encontró su asiento y leyó:

“Cuando eras muy pequeña tu madre siempre te leía un cuento. Ella lo había inventado para ti. En él erais dos delfines nadando en el mar. Hacíais piruetas y vivíais grandes aventuras y cuando os cansabais de recorrer el ancho mar salíais a la superficie para encontrar el bote, nuestro hogar. Allí estaba yo esperando con un farol para que me encontrarais. Después, veníais dando saltos hasta mí. Ahora, y desde que se fue tu madre, eres mi único delfín. Yo seguiré aquí, en el bote, con el farol siempre encendido, y ¿sabes qué? Soy feliz viendo como nadas, acurrucado contra la madera y con los remos dispuestos. Sonrío. No sabes lo incómodo que resulta meter un delfín en un bote.”

 

 

La llamada

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La tengo que llamar porque no sabe lo que marcó mi vida. Ella era entonces una niña inquieta y yo, ya demasiado solemne, me quedaba mirándola inmóvil, como si su vitalidad me incapacitara. Ella era una explosión galáctica que te dejaba con la boca abierta.

Por eso ahora la tengo que llamar. Me dieron su número hace años, espero que lo conserve. Nos alejamos a partir del instituto. Por entonces mi timidez era ya demencial y se fue como se van esas nubes que se dejan querer por el viento porque se han cansado de observar la tierra.

No he dejado de quererla. He conocido a otras mujeres -que me han dado mucho más que ella- pero ese tipo de amor, el primero, no se repite nunca. Nada es tan puro, tan bello, tan desbordante.

Nunca la tuve porque ella nunca me quiso y tampoco se lo pedí. Quererla conllevaba querer sus decisiones aunque esa decisión me destruyera. Pero saber que elegía, que la partían el corazón, que después se rehacía, que incluso formaba una familia, que viajaba…todo eso me llenaba de dicha.

Por eso tengo que llamarla en estas horas tan difíciles, porque puedo soportar que no esté en mi vida por su propia decisión, pero me sobrepasa que la enfermedad la obligue a irse.

La tengo que llamar y despedirme…o quizá…quizá sea mejor conservar su número y su recuerdo, esperar que nadie me diga qué fue de ella y seguir mi camino pensando que la encontraré a la vuelta de cualquier esquina. Ella se reiría y el mundo se emborronaría por la onda expansiva, y yo…yo la saludaría con un gesto de cabeza para después bajar la vista al suelo, porque el sol duele si se mira mucho tiempo.

 

Conversación de fin de año

– Otro año más, no he salido tan malparado. Y tú, ¿qué le pides al nuevo año?

– Pues solamente una cosa: “Virgencita que me quede como estoy”.

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Después brindamos, y esperamos que esa falta de ambición con el porvenir se vea recompensada eludiendo en el 2017 la enfermedad, la tristeza, la mala economía…Pero ¿por qué no pedir a lo grande? ¿Por qué no esperarlo todo? Solo así podremos elevarnos por encima de nosotros mismos. Lo que no podemos esperar es que las cosas no sucedan, porque pasarán. Por eso mi deseo es que cuando lo hagan, cuando lleguen, me doblen sin quebrarme. Que me cambien sin masacrarme el alma. Que me enseñen sin dejarme sin esperanza. Decía Francisco Villaespesa que “El mayor dolor del mundo no es el que mata de un golpe, sino aquel que, gota a gota, horada el alma y la rompe”.

Junto con las cosas más bellas conviven los miedos más grandes. Con los amores más fuertes se forjan las mayores pérdidas. Y es esa posibilidad del dolor la que hace que ser feliz valga la pena. Cara y cruz de una misma moneda. Si quieres caminar por el sol, tendrás que acostumbrarte a tu sombra.

 “Voy a decirte algo que tú ya sabes. El mundo no es todo alegría y color, es un lugar terrible, y por muy duro que seas, es capaz de arrodillarte a golpes y tenerte sometido permanentemente sino se lo impides: ¡Ni tú… ni yo… ni nadie golpea más fuerte que la vida! Pero no importa lo fuerte que golpeas, si no lo fuerte que pueden golpearte, y lo aguantas mientras avanzas, hay que soportar sin dejar de avanzar, así es como se gana.”                                     

Rocky Balboa (Rocky VI, 2006)

 

Viaje a un Mundo Feliz

¿Quieres ser feliz? ¿Quieres serlo a toda costa? Entonces este es tu mundo, el que el escritor inglés Aldous Huxley refleja en la novela Un mundo feliz. La escribió siendo joven, en 1931, y en 1958 publicó Nueva visita a un mundo feliz para comprobar si todo lo que había pronosticado estaba en vías de cumplirse.

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En su libro hay un estado mundial organizado en diez zonas que condiciona al hombre desde el momento de su nacimiento. No hay familias, no existen las madres ni los padres, y estos conceptos resultan ridículos y prehistóricos para sus habitantes. Los bebés nacen in vitro en cadenas de montaje y desde su gestación son predeterminados para ser Alfas, Betas, Gammas, Deltas o Epsilones, es decir, para ser el cerebro de la sociedad o la mano de obra. En esta distinción por castas nadie es infeliz, porque además de estar condicionados antes de su nacimiento, también en su infancia son educados para ser dichosos en su entorno. Por eso, un epsilon sería feliz sometido a las altas temperaturas que requiere asfaltar una carretera, pues desde pequeño ese calor ha sido asociado al placer, y la contemplación de un libro supone para él dolor, inculcado a través de descargas eléctricas.

La libertad sexual es una norma, no existen los remordimientos, y está mal visto acostarse más de una vez con la misma persona. Las mujeres no tienen hijos gracias a la ciencia y, si algo te preocupa, por leve que sea, solo tienes que tomar soma, la sustancia que el gobierno reparte para garantizar el bienestar general. La actividad no cesa: hay que estrenar ropa cada día para que el consumo siga generando empleos y los empleos consumo.

Este es el mundo que crea Huxley, y en él todos rinden pleitesía a Ford, el creador de la cadena de montaje, por eso en el libro vemos expresiones como “¡Por el amor de Ford!”. El relato pega un giro cuando los protagonistas visitan una reserva en la que aún quedan familias y nacen niños, una reserva para ellos “salvaje” y, en ella, destaca un chico que se sabe de memoria las obras de Shakespeare. Tiene su cabeza colmada de pasiones, venganzas, amores imposibles, sueños, rencor, ira, temor…todos sentimientos que el gobierno detesta porque considera contrarios a un mundo feliz, por eso toda la literatura anterior fue prohibida, incluida la Biblia.

En Nueva visita a un mundo feliz Huxley compara el estado mundial de su novela con el nazismo y el comunismo. Los tres coinciden en que desde edades tempranas se trataba de apartar a los hombres y mujeres de la realidad de su entrono cercano, sus familias, y empotrarla en masas, organizaciones, clubes afines para crear una cohesión social que borrara la individualidad y, con ella, el sentimiento de culpabilidad se diluía, al igual que las ideas propias.

Dos libros muy recomendables para reflexionar sobre nuestra libertad de pensamiento, sobre las técnicas de manipulación, y sobre ese Mundo Feliz que el autor solo ve posible con la anulación total de los sentimientos, esos que nos hacen humanos. Seres autómatas, he ahí el secreto de la felicidad.

“Que estamos siendo empujados hacia el Mundo Feliz es evidente. Pero no es menos evidente el hecho de que podemos, si así lo deseamos, negarnos a cooperar con las ciegas fuerzas que nos están empujando.”  Aldous Huxley

 

La parte que te dediqué

Han pasado ya unos años, es momento de contarlo o, más bien, de recordarme lo que fuiste para mí. He podido hacer mi vida inventándome salidas, aunque la más importante fue la que me libró de ti.

Registrabas entre mi ropa, revolvías todas mis cosas, te sentías con derechos que no me atrevía a reclamar. “Este hombre me ama mucho, pero es joven e inexperto y cree que el amor tiene que doler”…porque era el dolor por el que todo lo medías, era tu excusa, tu mentira, para esconder la realidad, y fue también el dolor el que me gritaba “¡vete!”, y al que yo le respondía que “me tengo que quedar”.

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Porque nunca provoqué esos celos que te mataban. Nunca merecí los insultos ni empujones. Yo nunca había amado antes de ti, y era lo que tú me dabas, tan retorcido y siniestro, lo único que conocía. No imaginé que tendría que huir de alguien que me decía que “moriría” por verme feliz.

Eso pasó, pero dejaste de tener la llave de mi voluntad. Ya me pertenezco y no le arranco más lágrimas a mis ojos ni más heridas a mi piel, pero tampoco voy a decir que olvidé, ni que apenas lo noté. De eso puede hablarte mi corazón y suerte que está por dentro, porque no cicatriza, no se le van los moratones ni se le reanima. Ese tiene una parte totalmente destruida, la que te dedicó, pero es grande y aún alberga semillas de amor.

No te pude dejar yo sola, todos me ayudaron. Mi familia, mis amigos, incluso mis compañeros de trabajo. Todos se convirtieron en un muro sólido que no pudiste derribar. Porque solo todos juntos podemos evitar que mueran muchas más.

 

Vidas de cartón

Cada día salía del trabajo y ahí estaba él, bajo los soportales del edificio de enfrente, con un carrito de la compra lleno de lo que parecían cachivaches, su perro y unos cartones en el suelo. Siempre estaba ahí, desde mi primer flamante día en la empresa. Apurada, estresada, a las prisas siempre, pero lo miraba, e invariablemente él me estaba mirando con una mueca subjetiva, una semi sonrisa casi de Mona Lisa que en mis días buenos me contagiaba y en los malos me enervaba.

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Parecía saber algo que yo desconocía. Algo sobre mí misma. Sus ojos eran un misterio que cada día trataba de desentrañar, sin éxito. Esta era la dinámica hasta que un día cuando salí de la oficina, ya entrada la noche, él no estaba. Ni él ni su perro. El carrito estaba tirado y los cartones revueltos. Los vecinos me contaron que esa misma tarde habían agredido a un indigente. Le habían dado una paliza y se había quedado tendido hasta que alguien llamó a una ambulancia.

No lo volví a ver. En los hospitales nadie quiso darme su nombre. Nunca regresó a por sus  cosas. Cuando la policía iba a llevarse el carrito me acerqué a ellos, entonces vi en el suelo, entre los cartones, un trozo de papel escrito.

“Hoy es el día. Me he atrevido a darte esta carta. Sólo quiero decirte algo en lo que creo que no reparas. Yo era como tú. Trabajaba más de doce horas al día, iba siempre corriendo sin pararme a pensar. Solo actuaba, actuaba, actuaba, para avanzar, avanzar,  ¿avanzar? Entonces, ¿por qué me sentía vacío? Podía tener una casa, siempre pagaba la cuenta, vestía con las mejores telas y nadie me ganaba a caballero. Pero me sentía vacío. No había dejado hueco para lo que realmente colma la vida. Tenía sed y, en lugar de agua, llenaba mi cuerpo de piedras que me daban sensación de estar lleno, pero que a la larga generaban dolores profundos e inexplicables.

Eres muy joven. Tienes tiempo. Para cuando me percaté de todo esto yo ya no tenía nada, solo un trabajo y, cuando lo perdí, ya había arruinado todo lo demás. Puede que esto no te sirva de mucho, pero te observo cada día, veo tu cara apresurada, tus ojos nerviosos, y no podía dejar pasar la oportunidad de decirte que, aunque los cartones sobre los que vivo se pueden tocar, los tuyos no son menos duros, ni menos fríos. No te separan menos del vacío.”

 

 

 

 

Cuando John encontró a Paul

Les presentaron después de una actuación en un festival de Liverpool y, apenas tocaron unos acordes, ya determinaron que debían estar juntos, porque la música era lo primero para cada uno de ellos. Era el 6 de julio de 1957 y tenían ganas de contarlo todo, de cantarlo todo.

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Ambos perdieron a sus madres muy pronto, no habían llegado a los 20 años, y daban tumbos musicales sin encontrar buenos compañeros para hacer algo realmente brillante. Entonces, oyeron hablar de un guitarrista de 15 años llamado George Harrison. No querían críos en el grupo, pero le hicieron una prueba. “Vale. Te quedas”, dijo John. Pero ¿cómo llamar al grupo? Además los baterías iban y venían…pero ya darían con un buen batería, y había un nombre que les sonaba bien: Beat Brothers.

Su historia comenzó como lo hacen las de cientos de jóvenes con talento y el sueño de conquistar el mundo. Ellos lo lograron.  A John, Paul, George, y al batería de turno, se sumaría Stu Sutcliffe, compañero de la Escuela de Arte de Lennon, que no tenía ni idea de música pero que para John traería carisma a la banda.

En el verano de 1960, por fin, lograron ser grupo residente en un club de Hamburgo, Alemania. Allí, como en otros sitios, se metían en muchas peleas. En una de ellas Stu recibirá el golpe en la cabeza que dos años después le provocaría la muerte, con solo 21 años, por derrame cerebral. Pero antes de que Stu muriera conocieron al promotor Brian Epstein, el que creyó en ellos de verdad. Lo primero era suavizar su imagen, demasiado gamberros para sacarles provecho, demasiado despeinados. Por entonces Richard Starkey, llamado Ringo Starr por su afición a los anillos (rings en inglés), había pedido un empleo de seguridad en EEUU que -por suerte- le denegaron.

Al fin EMI Records les quiso escuchar, y entre los temas que les enseñaron a la compañía estaba Love me do.

EMI Records lo vio claro: el batería no funcionaba. Simultáneamente John Lennon se casaba con Cynthia, un matrimonio precipitado con una compañera de la Escuela de Arte por su embarazo. Tuvieron que echar al batería, Pete Best, y llamaron a Ringo Starr, que dejó su grupo para unirse a ellos. Lennon lo definió como “el tipo más endiabladamente rítmico que había conocido”.

Cuando nació Julian, el primer hijo de John Lennon, la rueda de los Beatles ya había comenzado a girar “Julian no formaba parte del sueño. No era real más que para su madre y para mí. Durante cinco años fue mi hijo, pero no creo que fuera su padre. Yo era el Beatle John”.

Llegó I want to hold your hands

Giras, conciertos, números uno, fama, y también orgías, drogas y la pérdida del entusiasmo por las actuaciones en directo: “No nos escuchaban, gritaban y lloraban pero no nos escuchaban. Nosotros cantábamos pero nos parecía estar solos”, diría Lennon.

En 1964, ocho de las diez primeras canciones de la lista americana de éxitos eran de los Beatles. Can,t buy me love, Twist&Shout, Help!, de Lennon, Yesterday, de McCartney…Comenzaron a componer por separado porque era casi imposible hacerlo de manera conjunta por sus ajetreadas vidas. En esos años Lennon ya estaba sumido en la zozobra. Marihuana, píldoras, LSD… ”Me destruí a mí mismo”, aseguraría. Para él, Yoko Ono supuso la recuperación de sus sentidos, de su individualidad.

Los Beatles continuaron cada vez más alejados y con claros enfrentamientos entre Paul y John, los creadores de todo el imperio. Pese a todo, en 1968 siguieron creando canciones míticas como Yellow Submarine, Ob-la-di Ob-la-da o Hey Jude.

El 10 de abril de 1970, con Let it be resonando como su última gran canción, se acabó el sueño de los Beatles. Un sueño ya magnificado y aplastante, que los engulló primero para escupirlos después. Tenían 30 años y ya lo habían ganado todo. Una vez tocado el cielo la sensación era que solo se podía comenzar a caer, como un Ícaro al que se le derriten las alas por haberse acercado demasiado al sol.

Lennon trabajó desde entonces con Yoko Ono, su mujer después de divorciarse de Cynthia, y aún alumbró grandes canciones como el himno a la paz Imagine. Nació su segundo hijo, Sean, con el que intentó redimir todos su pecados como padre ausente con Julian. Prácticamente dedicó su vida al niño, hasta que en 1980, cuando Sean tenía cinco años, volvió a llamarle el rugido de esa selva llamada música. En otoño, junto con Yoko de nuevo,  lanzaron el álbum Double Fantasy.

Un mes después, el 8 de diciembre, un fan llamado Mark Davis Chapman pide una foto a Lennon, y le dice al fotógrafo que “será histórica”. Horas después, logra sorprender al ex Beatle en la puerta de su casa y le dispara siete veces. La voz de John se apagó con 40 años, y también lo hizo la de los Beatles, para quienes ya no habría reencuentro posible sin su principal inspirador.

 

 

Bibliografía:

  • Sierra i Fabra, J, (1983), John Lennon, ABC/Renfe/Antártida

 

Carta a mi nieto

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Hola Miguel. Hace tiempo que no venís por la residencia, y no os juzgo por ello, no te preocupes, pero esto de ser vieja y no saber una cuando se va a morir me ha hecho recapacitar: estás creciendo muy rápido, casi eres un hombre, y quiero enseñarte algo acerca de las mujeres.

Comienzo, préstame atención. La primera regla es la de no encasillarnos por tipos, ni colocarnos en ningún cajón, desde luego no en el cajón del sexo débil, de ser así ¿crees que la naturaleza nos habría elegido para parir?

Superado el término debilidad, también hay quienes dicen que somos malas y envidiosas, que somos nuestras mayores enemigas. Que queremos el marido de esta, la casa de la otra, la suerte que tienen los hijos de aquella… puede que se dé algún caso, no te digo que no, pero en su mayoría la mujer es un bálsamo para la mujer. En la India, cuando el marido fallece, si las mujeres no se lanzan a la pira funeraria para morir con ellos sus familias las destierran. Abandonadas, se marchan a vivir a grandes comunidades con otras decenas de viudas. Unas y otras se convierten en una enorme red que las impide hundirse. Pero no hace falta irnos tan lejos, en España, ¿cuantas mujeres se acompañan en sus últimos días? Viudas unidas en ese capítulo final del libro de la vida. Ya dejo este asunto.

Hablemos del amor. Si te enamoras de una mujer, nunca la hagas renunciar a sus sueños, no quieras que dependa de ti. No la ignores, y líbrala de tu compañía si no la amas de verdad, no hay nada que nos destruya más que un amor vacío.

¿Y qué pasa si tienes una hija? Enséñale el valor de luchar por sus sueños, de seguir sus propios pasos sin que nadie tenga que dibujárselos antes. Enséñale que lo más importante de avanzar es que lo haya hecho con sus zapatos, sin tomar prestados los de nadie.

No he podido estar mucho tiempo contigo en estos últimos años Miguel. Cuando tenías diez yo ya estaba en la residencia, y en las visitas casi no podemos hablar, pero sé quién eres, y me basta con saber que de momento has vivido más días de sol que de lluvia.

Quería contarte estas cosas porque tus padres andan muy ocupados y puede que no reparen en ellas. No han podido cuidar mucho de mí, cosa que no me llevaré a la tumba, lo prometo. Lo que sí me pesa es que tampoco te hayan dedicado el tiempo necesario a ti.

Por si no ha quedado claro, Miguel, te deseo una vida llena de sueños y de amor del bueno. Los sueños son tan importantes como las realidades. Es lo único seguro que tenemos. Podrían silenciarnos, maltratarnos, humillarnos, pero aun así tendríamos nuestros sueños.

Yo acabaré mi vida subida al que será mi último anhelo. No, no es la vida eterna, ni que voy al cielo. Es que mi nieto es y será un buen hombre.

Tu abuela que te quiere