Inés del alma mía

  • La serie basada en el libro de Isabel Allende sorprende con la interpretación de Elena Rivera.
  • ¡No habrá spoilers!

Tenía muchas ganas y también mucho “miedo” de abordar esta serie, ya que el libro está entre mis favoritos, pero creo que el resultado ha sido muy digno, sobre todo porque la actriz Elena Rivera ha sabido captar la esencia de Inés y, sobre todo, ha sabido interpretarla.

A grandes rasgos, para quien no la conozca, “Inés del alma mía” trata sobre la extremeña Inés Suárez que, gracias a su valentía y a un golpe del destino, acaba en el Nuevo Mundo, donde se negará a ser una colona más y vivirá la experiencia hasta sus últimas consecuencias. El amor la llevará hasta la recóndita Chile, una tierra de hombres ingobernables a los que ella siempre mirará con respeto.

Junto a ella, un gran elenco de actores, con el español Eduardo Noriega como Pedro de Valdivia y el chileno Benjamín Vicuña como Rodrigo de Quiroga. Si no tienes la referencia del libro la serie te puede parecer muy lograda, que lo es, pero es inevitable comparar. Son hechos conocidos porque son históricos, pero creo que la relación entre Inés y Quiroga tal y como la cuentan en la serie no llega a la esencia que se transmite en el libro. De hecho, en la serie parece que Rodrigo se llevara las sobras del amor de otro, cosa que Isabel Allende no cuenta así. Más cuando su libro está escrito en primera persona como si Inés escribiera una larga carta a la hija que Rodrigo de Quiroga tuvo con una mujer antes de conocer a Inés y sin llegar a casarse con la madre, que era una mujer del Nuevo Mundo.

Una serie recomendable que gustará a todos los que amen la historia y las buenas producciones, disponible ya en Amazon Prime Video y a partir de septiembre en TVE. Pero una serie que también revelará algún handicap para los lectores que hayan interiorizado la historia de Inés a través de la novela de Allende.

¿Qué opinas tú?

Éxodo de abrazos

Los abrazos se han marchado, también los besos y las caricias, y por primera vez no realizarlos es un símbolo de afecto y no de lo contrario. Pero si algo he aprendido en estos meses es que la adversidad hace que el amor que sientes por los tuyos se desborde, que valores mucho más todo lo que ahora te falta, que cada momento con ellos se guarde en la retina como lo que siempre ha sido, un regalo.

La preocupación a veces oprime, pero cuando respiras y se libera llega el sentimiento de amor más puro que puede haber: no me faltes, resiste, pongamos una sonrisa, algún día pasará y quiero que estemos todos. Y deseo que seamos mejores y mejor dotados de capacidades emocionales. Porque los abrazos y los besos no eran para siempre, y eso hace que los que no dimos nos avergüencen; que deseemos ahora darlos, y que imploremos para que regresen.

Pero en mi mente te abrazo cada día y espero que todo ese cariño contenido llegue de alguna forma a penetrar tu piel y a cobijarse en tu corazón, mi bien más preciado, y así asistimos al gran éxodo de abrazos desde las extremidades hasta nuestros corazones, donde podrán permanecer siempre con la seguridad de estar ya en tierra segura y fértil.

Parábola de la sal

Un viejo maestro, viendo a su joven discípulo muy triste y abatido, le pidió que se llenara la mano de sal, la volcara en un vaso y, después, bebiera.


– ¿Cómo sabe? – le preguntó el maestro.

– Fuerte y desagradable – respondió el aprendiz.

El maestro sonrió y le pidió que de nuevo llenase su mano de sal . Después, lo guió hasta un precioso lago, y dijo al joven que derramase en él la sal.

El viejo sabio le ordenó entonces :

– Bebe un poco de esta agua.

Mientras el agua se escurría por la barbilla del joven, el maestro le preguntó :

– ¿Cómo sabe?

– Agradable – contestó el joven.

– ¿Sientes el sabor de la sal? – le preguntó el maestro.

– No – respondió el joven.

El maestro y el discípulo se sentaron y contemplaron el paisaje. Después de algunos minutos, el sabio le dijo al joven:

“El dolor de la vida es como la sal. La cantidad de dolor es la misma, sin embargo, la cantidad de amargura que probamos depende del recipiente en que ponemos la pena. Así que cuando te sientas mal, la única cosa que puedes hacer es agrandar tu sentido de las cosas, del amor y del mundo. Deja de ser un vaso. Conviértete en un lago.”  

Leyenda de los dos lobos

Un día un anciano Cherokee le contó a su nieto la historia de una batalla. 

“Hijo mío, la batalla que te voy a contar ocurre entre dos lobos. Dos lobos que están dentro de todos nosotrosUno es malvado. Es ira, envidia, celos, tristeza, pesar, autocompasión, culpa, avaricia, mentiras, falso orgullo, arrogancia, resentimiento, soberbia, inferioridad, superioridad y ego. El otro en cambio es bueno. Es alegría, paz, amor, esperanza, serenidad, humildad, bondad, benevolencia, amistad, empatía, generosidad, verdad, compasión y fe. La misma batalla ocurre dentro de ti, y dentro de cada persona también”.

El nieto se quedó pensativo unos segundos y después preguntó a su abuelo:

-¿Qué lobo gana esa batalla?-. A lo que su abuelo respondió:

-Aquel al que tú alimentes-.

El mago

Ese día te olvidaré, cuando no quede nada de mí, porque pensarte es recordar el material de la ilusión, de lo imposible, estabas lleno de sueños y los vertías sobre nosotros como un rey mago.

Cuando venías pensábamos que todo era posible, y no nos hubiera extrañado que un día entraras volando por la ventana. Ojalá pudiera discutir contigo ahora mismo. Pero en el fondo sabía, algo me decía, que no eras para siempre, que la intensidad con la que vivías acortaba tus días.

Cuando te fuiste se fue la magia contigo, pero cuando te recuerdo… es ahí donde puedo volver a ese Nunca Jamás que construías con tu sola presencia.  Puedo volver a tu chándal, a tu coca-cola, a tu voz, y aún pienso en ti siempre que como churros, porque contigo todas las mañanas eran domingo.

Cada año sin ti las horas que pasamos juntos cobran más importancia, son auténticos tesoros que repaso de vez en cuando: los ratos que pasé con el mago de risa contagiosa, el que nunca nos trató como niños, y por el que merecía la pena dejarlo todo. Gracias por traer la magia a nuestras vidas.

Y ese día te olvidaré. Cuando no quede nada de mí.

Los clásicos españoles que no pueden faltar en tu estantería

Para hablar de clásicos imprescindibles de la literatura española es necesario comenzar por “El Quijote”, de Miguel de Cervantes. Su lectura puede parecer tediosa pero, página tras página, el lector descubre una fábula que llega a nuestros días sin que el tiempo haya pasado por ella. Locura, sencillez, ingenio, aventuras y hasta ternura.

En tu estantería tampoco puede faltar “La Celestina”, de Fernando de Rojas, que dejó uno de los personajes más emblemáticos de la literatura, la alcahueta que le da nombre y que se entromete en la vida de Calisto y Melibea y de muchos otros. Otra gran obra, esta vez sin autor reconocido, es “El Lazarillo de Tormes”, que instauró un género propio, la novela picaresca, con un contenido reivindicativo que sigue vigente.

Ya en el Siglo de Oro Calderón de la Barca escribió “La vida es sueño”, en la que destacan los profundos monólogos existenciales de su protagonista, Segismundo. Hablando de teatro, en siglo XX, Federico García Lorca dejó su impronta con tragedias como “Bodas de Sangre”, desgarradora y arrebatadora, como todas sus obras.

Otra novela esencial es “Niebla”, de Miguel de Unamuno, en la que el protagonista  conversa con el escritor, uniéndose obra y creador. Acabamos el repaso de los imprescindibles con Miguel Delibes y “Los Santos Inocentes”, que narra la vida de una familia pobre en un cortijo extremeño. Una lectura tan dura como entrañable cuando uno se topa con el personaje de Azarías.

Estos son solo siete ejemplos de lo que ofrecen las letras españolas. Si quieren comprar libros tomen buena nota porque LOS CLÁSICOS NUNCA FALLAN.

 

 

Aunque pueda morir

Se escapa tras la lluvia mi aliento de cigüeña cuando cuento sus silencios. Marchó sin decir nada, sabiendo que él no dejaría que escapara sin un plan previo de evasión. La quería, puedo decir, como se ama una bandera cuando sabes que su frontera es solo tu corazón y que no matarías por sus colores, pero los venerarías como dueños de tus entrañas…así la quería yo. Él trató de herirla con su puño desbocado. No reparó en si estaba viva o en si había sucumbido ya a su fuerza, alimentada de tierra y de hierro, de la maldad de un visillo abierto mientras pasa un entierro, sin un sollozo, sin corazón.

Elena se desangraba de desamparo y en su cuerpo malherido no había lugar para nuevas cicatrices, así fue sembrándose en su interior una úlcera de espanto, de miedo y confusión. Él convirtió sus gritos en una costumbre, ella dejó de luchar.

Yo a veces le repetía: “Tú vales más de lo que te han hecho creer, eres mi paz, la imagen viva de mi fe, la luz que ilumina mis orillas bañadas de las lágrimas que lloraste por él”. Pero Elena no pensaba en el significado de mis palabras. La tragedia la había convertido en un lienzo en blanco alérgico a los matices, al afecto y a los colores de mi manchado pincel. Había dentro de  ella una mujer severa alimentada de desilusiones que le repetía que “hilar, parir y llorar” eran las máximas aspiraciones de una mujer casada.

Su última carta rezaba: “No vengas a por mí, yo ahora estoy muy lejos. Amiga, no intentes buscarme aquí en el suelo, resido en el infierno que la vida me quiso adjudicar. La suerte a veces no acompaña y a mí me ha tocado no ser feliz. No llores tú, que con mi llanto ya basta, no sufras niña, que mis heridas son suficientes. No no reces más, que todas mis plegarias no sirvieron, pese a  rezarlas cada día desde la primera vez que mi marido quiso hacerme daño”. 

El lugar en el que la encarceló era el más apartado y terrible del mundo: la encerró en sí misma, en una cárcel sin llaves, sin barrotes, ni cristales por los que entrara la luz del sol. De pequeñas temblaba el cielo cuando soñábamos con rosales fieros que rodearían nuestro hogar, con maridos que nos hablaban de amor, de historias que finalizaban con besos y noches infinitas. Soñábamos desde las olas, desde los atardeceres de enero, desde el mar y las farolas que se apagaron en la crueldad de sus besos.

Elena odiaba el dominio que él tenía sobre ella, pero lo llegó a aceptar pensando que sólo el amor provocaba los golpes y desprecios. Se extrañaba de la sangre que a veces manchaba su almohadón y cerraba los ojos con fuerza deseando despertar de esa amarga pesadilla. Pero su cuerpo no aguantaba la fiereza de las manos de aquel hombre, y su figura se tornó débil y delgada, y cada vez se sentía menos ella misma. Llegó a no reconocer a la mujer que reflejaba el espejo, a no encontrarse en su mirada. Así fue perdiendo su esencia, su alma, su yo inspirado, gracias a insultos y empujones provocados por una comida pasada de sal. ¿Y yo? Yo arañaba su puerta y golpeaba sus cristales, pero no encontraba las llaves ni de su casa ni de su corazón. Este hombre la rodeó con una línea de fuego que la quemaba a ella y abrasaba a todo el que la quería ayudar.

No quería limitarme a llorar y a suspirar en la distancia y logré que escuchara alguna de mis palabras: “Elena sal de aquí, huye más allá del viento, a un lugar donde él no te pueda encontrar. Recupera tu vida  antes de que él destruya todo lo que eres, todo lo que algún día llegarás a ser. Corre sin rumbo fijo, sin mapas ni brújulas precisas, sin maletas ni relojes, arráncate la cadenas y marcha con este dinero”. En sus ojos vi una sombra de ilusión. Conseguí que imaginara una vida sin dolor. Una vida suave, casi cómica, lejos de la aspereza de las manos de su marido.

Y el rocío invernal fue testigo de su fuga, de su revelación y abandono de dudas. Fue testigo de hazañas tales como la huida de una mujer cuando sabe que si enfrenta sus problemas sólo los hará crecer.  A mi casa llegaban cartas de él. Pensaba que me iba hacer eco de su llanto para que volviera. Ella jamás supo que recibí tales cartas. Las más desesperadas decían: “Vuelve junto a mí, te quiero con violencia, como quien amando sabe que hace y se hace daño, y mi corazón aún está en guerra, pues no sabe que amar más, si tus manos o tus labios. Seré siempre tu dueño”. Sus palabras quedaron relegadas a un cajón bajo llave, sin testigos ni defensores que pudieran enjuiciar su encierro. Él ya intuía que ella no volvería hasta sus brazos, que nunca más sangraría (al menos no por su rabia) y que la amarían de verdad, pues en el fondo sabía todo lo que su mujer valía y que sus puños no destruyeron sus virtudes, solo las durmieron durante quince años.

Así, mientras yo aún dormía, Elena huyó, y “aunque pueda morir”, pensaba, “aunque pueda caer me marcho sin que él sepa donde he ido. Me voy sin más consejeros que mi suerte y mi destino. Adiós, si algún día me quisiste de verdad. Hasta siempre, si alguna vez lloraste por mis besos. Hasta nunca, si te apiadaste de mí cuando cada noche el suelo era mi lecho. No serás jamás mi dueño“.

Elena se llama Sofía. Vive entre la sombra y el día, ríe sentada en un banco de Piazza di Spagna. Roma la ha perdonado. Ha perdonado que no volara antes hasta sus infinitas calles, hasta los amores sin daño. Ahora descansa tranquila aprendiendo a dormir con las dos piernas en la cama. Ama, sueña y me llama cuando recuerda tiempos pasados, en los que su aura estaba apagada y sus ojos morados, en los que ignoraba que la vida también condensaba cantos. Ha reparado sus alas; ya no le duele vivir.

Y aún pudiendo morir, no volvió a mirar atrás ni retrocedió en ninguno de sus pasos. No volvió a confundir el amor con la obsesión ni murió más la verdad en su miedo, no volvió a ahogar suspiros ni reprimió sus emociones. Otra vez hija del viento, pariente de la brisa y presa solo del tiempo.

(Todavía hoy, pese a ser feliz, cree que el amor es la mayor herida que el sufrimiento ha dado).

A sangre fría, el periodismo llevado al límite

“No murieron cuatro personas en aquel crimen; fueron seis”

A sangre fría, de Truman Capote, es un reportaje hecho novela, la nonfiction novel o novela testimonio. En ella nos cuenta el brutal asesinato de los cuatro miembros de una familia de Holcomb, en el sur de Estados Unidos, que tuvo lugar en 1959. Para elaborarla, el escritor hizo un auténtico trabajo de investigación. Entrevistó junto con Harper Lee (la autora de Matar a un ruiseñor y a la que después dedicó el libro) a los testigos, vecinos, y a los cuerpos de seguridad. Nunca tomaba notas porque creía que la gente perdía la espontaneidad si te veía escribiendo sus palabras. Habló también con los propios asesinos, y en el relató dio mucha relevancia el contexto: la sociedad norteamericana de finales de los 50.

Lo más llamativo de la novela es lo absurdo del móvil del crimen, entonces ¿cómo explicar algo que carece de sentido? Ahí está el mérito de Capote, en lo desbordado de sus descripciones, en el reflejo de la personalidad de los protagonistas. La sensación al leer el libro es de “estar allí”, de haberlo vivido. El suceso conmocionó a la sociedad norteamericana: una familia próspera y religiosa había sido asesinada en su propia casa por dos ex convictos. La sensación general era que nadie estaba a salvo.

A sangre fría supuso una revolución en el mundo del periodismo. Con esta novela Truman Capote inauguró un nuevo género que se aleja de la inventiva para contar historias reales con exactitud, gracias a un complejo cuadro de entrevistas profundas. Como en los reportajes de escenario se empapa de información de primera mano, está escrito de manera muy concisa y utiliza recursos para despertar y conservar el interés del lector: un fuerte arranque, una historia contada “a dos bandas” y un desenlace tan fatal como evidente.

La narración primero tiene una estructura de memorah, porque intercala las historias de víctimas y verdugos de forma paralela, y después ambas se unen en el resultado: el crimen, pero Truman sigue narrando hasta las últimas consecuencias. Después viene la huida y más tarde, la captura y la sentencia: son condenados a la horca, pero es inevitable sentir lástima por ellos, como si fueran también víctimas, víctimas de una sociedad y de su tiempo.

 

Mi vida depende de aquel verano

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Porque fue el verano en el que lo conocí o, para ser exactos, en el que reconocí que estaba enamorada de él. Eso que me pasaba, que me turbaba, que me sacudía y consumía. Pasaba del calor al frío si no me miraba.

Traté de no dar mucha credibilidad a las emociones estivales. Tenía que ser una locura transitoria, ¿cómo es posible enamorarse de la noche a la mañana? El invierno, él tendrá la respuesta y romperá este hechizo. Pero el invierno llegó, no enfrió los sentimientos, y seguí bordeando la locura de los que aman sin ser correspondidos.

Llegaron otros veranos y esa llama seguía intacta, pero ya no era un conato que solo me quemaba a mí. Comenzó a propagarse de persona a persona, y por eso mi vida depende de aquel verano. Mis hijos, mi hogar, mis sueños los he construido sobre esas raíces que surgieron de tierra seca, unas raíces que nos sostienen desde entonces.

Cuidado con los amores de verano, pueden durar toda la vida.

Recuerdos de un niño en guerra

Me llamo Miguel García, y mi padre se llamaba Antonio Miguel García. Vivíamos en Toledo. Ahora tengo doce años, pero recuerdo muy bien lo que pasó hace cuatro veranos, cuando empezó una guerra en mi país y yo vivía con mi madre en un hogar católico para madres solteras. Muchos sacerdotes decían estar asustados, había hombres malos quemando iglesias. Era 1936 y yo ya no tenía padre. Había muerto dos años antes por “cosas de la vida”, como me explicaron.

Mi madre decía que al no tener papá teníamos que confiarnos a la suerte de otros hombres: “No puedo defenderte de una guerra”. Quizá por eso, justo cuando el verano comenzaba, me llevó hasta un gran castillo que había cerca de la plaza de Zocodover. “Nadie podrá con el Alcázar de Toledo”, me repetía. Y todas las madres con sus hijos fuimos hacia allí porque eran católicas, y “allí era donde había que estar”.

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En este sitio nos acogieron con alegría, y dijeron que estaríamos a salvo. Había muchos hombres y nosotros teníamos que ir a los sótanos. Allí vivimos muchos días, mamá dice que todo un verano, para mi fue como un largo invierno, aunque un invierno lleno de fuegos. Ni el calor ni lo que caía del cielo conseguía calentar mi cuerpo lleno de un miedo helado. “Cada vez más rodeados”, escuchaba decir, “cada vez hay más hombres ahí afuera”. Ruidos enormes y secos. “¡Fuego aéreo!”, y el olor a gasolina se colaba hasta el sótano día tras día. Miraba y miraba esos muros, y hablaba con ellos, les decía “resistid”, aunque ni siquiera sabía si los hombres de afuera eran más malos que los de dentro.

No podíamos estar en el patio porque caían fuegos. A veces pensaba que era el sol el que los mandaba, y corríamos de un lado a otro por dentro, tan rápido, que a veces imaginaba que era un juego, pero veía la cara de mi madre y se me olvidaba.

Muchos días, de repente, dejaba de ver a alguien que ya me era familiar. Ya no estaba. Nadie nos decía nada, pero un hombre al que llamaban San Diego cavaba hoyos en la tierra y metía en ellos grandes paquetes cubiertos de ropas (creo que eran esos a los que ya no veía).

Me costaba mucho poder dormir. Lo hacía en un colchón de esparto con mi madre. Otros niños tenían a sus padres luchando arriba y estaban más asustados que yo. Yo solo temía por mi madre, y también por mí, porque me daba miedo imaginar que se siente cuando se muere uno.

No teníamos casi de nada, o teníamos solo lo justo, pero se repartía de vez en cuando un papel con noticias en el que nos decían que resistiríamos y que tuviéramos esperanza. La carne que comíamos era muy dura, pero mamá decía que al menos comíamos carne. El pan se acabó en los primeros días y lo cambiaron por trigo tostado, aunque lo que más comíamos era arroz. Lo hacíamos una vez al día, y el agua era solo para beber. Mi madre me limpiaba la cara con su vestido, a veces con un poco de su saliva, porque aunque lleváramos semanas sin bañarnos no se podía ir con la cara sucia.

Cuando los hombres bajaban al sótano nos decían que éramos su razón para resistir, y había un guardia civil que siempre hablaba con mamá. A mí no me gustaba que le hablara porque mi madre siempre ponía cara triste.

María se llama mi madre, María Sánchez, y además de cuidarme a mí siempre cuidaba mucho de Blanca, otra mujer que estaba esperando un bebé. Comía menos por ella, comía menos por mí, y la frente se le empezó a arrugar y los ojos se le hundieron. Era muy guapa, pero las guerras afean hasta lo más bello. Su pelo negro, muy largo, siempre estaba recogido, y sus ojos verdes, que eran mis faros, a veces se apagaban y yo me quedaba en la más completa oscuridad. “Abre los ojos mamá”, le rogaba, porque cuando se ponía triste los cerraba.

Los días en el sótano no tenían horas ni minutos. Eran eternidades que yo trataba de rellenar con historias porque, desde pequeño, cuando el padre Marcos me enseñó a escribir y leer, me gustabas mucho. “Léenos un cuento Miguel”, y me lo tenía que inventar porque en el sótano no había. Les contaba siempre cosas alegres, de un niño que tiene un burro muy gordo, o de un perro que habla, y en los relatos no había ruidos ni humo, porque en ellos solo se escuchaban los pájaros, el sonido del río Tajo, y la risa que provocaba alguna caída torpe. Abría las manos como si sostuviera el cuento y fuera leyéndolo punto por punto. “Ojalá… ojalá este sitio estuviera lleno de libros”, pensaba, así podría leer todos los días y hacer que todos abajo olvidemos las bombas de arriba.

Aunque parece que el tiempo corre lento también corre rápido, a su manera, y en agosto, por la noche, comenzó a hacer frío. Cuando llegó septiembre todo fue mucho peor. Los hombres de afuera se habían cansado de que estuviéramos dentro, y los hombres de dentro decían que habría que tirar el Alcázar hasta sus cimientos para que saliéramos fuera.

El peor día fue a finales de septiembre. Había un silencio muy raro, algo estaba a punto de pasar, pero mi madre no prestaba atención a ese silencio que a mi me cortaba la respiración porque Blanca estaba jadeando muy fuerte y creo que su niño quería salir. Traté de decirle mentalmente a ese niño que esperara, que algo iba a pasar, algo malo. Entonces una enorme explosión nos hizo saltar a todos. Lo que quedaba en pie tembló y escuchamos una avalancha, como si las paredes se hubieran derretido. Es increíble pero Blanca estaba más preocupada en tener un hijo, y mi madre también, así que pensé que ese niño hizo bien en no escucharme. Nació horas después y fue una niña. Era muy bonita, y estaba misteriosamente gorda, me alegró mucho conocerla.

Cuando nació Esperanza fue el día que más lucharon arriba porque no dejábamos de oír disparos y gritos. El polvo y el humo entraban y salían  y me daba miedo por la niña. Muchas mujeres hablaban de los valerosos héroes que luchaban por nosotros pero otras, a escondidas, decían que si esto fuera realmente seguro el general Moscardó (que era el que mandaba), habría traído a su mujer y a sus hijos. Tenía que quedar poco para el final. Los ruidos eran muchos, San Diego incluso había pedido ayuda para enterrar, y eso que siempre quería hacerlo solo. Al parecer esperábamos a un gran ejército que vendría a salvarnos.  Estaba muy cerca y había que resistir.

Olía a quemado. Decían que la ciudad estaba siendo evacuada y, aunque casi no había para comer, a muchos les preocupaba el tabaco. “Es inhumano estar sin tabaco”, repetían muchos hombres, y yo pensaba qué de humano había en todo esto. Un día, por fin, nos dijeron que podíamos salir, que habíamos resistido y estábamos salvados. No lo podía creer. Los hombres estaban muy contentos, también muchas mujeres, pero yo seguía teniendo miedo. El Alcázar estaba en ruinas y todo lo que cabía en mi vista eran escombros ¿Cómo podíamos haber sobrevivido? Lo único que quedaba en pie era una estatua, uno de los cocineros me dijo que era un rey muy importante para España, quizá por eso nadie haya querido destruirlo.

Se había acabado el verano. También se habían acabado muchas cosas. Mi madre me cogió de la mano y nos fuimos. Gracias a mi tío llegamos hasta Portugal, aunque era muy difícil moverse porque en España la guerra había llegado a todos los pueblos. Escribo esto para que otros niños puedan leerlo y para que alguna vez, en lugar de llover fuegos, puedan llover libros. Mi madre ha vuelto a soltarse el pelo aunque sus ojos verdes siguen hundidos y creo que ya nunca parecerán los brotes de un olivo.